Six feet under, de Alan Ball

Título original: Six Feet Under (TV Series)

Año: 2001

Duración: 60 min.

País: Estados Unidos Estados Unidos

Dirección: Alan Ball (Creator), Alan Ball, Daniel Attias, Rodrigo García, Jeremy Podeswa, Kathy Bates, Michael Cuesta, Michael Engler, Alan Poul, Daniel Minahan, Miguel Arteta, Nicole Holofcener, Mary Harron

Guion: Alan Ball, Nancy Oliver, Rick Cleveland, Kate Robin, Bruce Eric Kaplan, Scott Buck, Jill Soloway, Craig Wright, Laurence Andries, Christian Taylor, Christian Williams

Música: Richard Marvin (Tema: Thomas Newman)

Fotografía: Alan Caso, Lowell Peterson, Jim Denault, Rob Sweeney, Frederick Iannone, Bruce Douglas Johnson

Reparto:

Peter Krause, Michael C. Hall, Rachel Griffiths, Frances Conroy, Lauren Ambrose, Freddy Rodriguez, Mathew St. Patrick, Jeremy Sisto, Justina Machado, James Cromwell, Lili Taylor, Ben Foster, Richard Jenkins, Joanna Cassidy, Rainn Wilson, Eric Balfour, Ed O’Ross, Giancarlo Rodriguez, Peter Macdissi, Tim Maculan, Tina Holmes, Kathy Bates, Peter Facinelli, Ed Begley Jr., Justin Theroux, Patricia Clarkson, Mena Suvari, Pat Healy

Creo que es la única serie que he visto y que tiene como único tema la vida: las vidas y sus distintas trayectorias mundanas de una familia de clase media de Los Ángeles, dedicada al negocio familiar de la funeraria. Una serie que persevera en la contingencia de las existencias, que tiene la gran virtud de transmitirlas al espectador en todo su carácter efímero. No son vidas ejemplares, sino más bien poco ejemplares, porque están llenas de equivocaciones, de avances y recaídas, que ensayan nuevos caminos que luego resultan ser callejones sin salida, abiertas al sexo y las drogas como elemento fundamental de la cotidianidad. En definitiva, son vidas de carne y hueso (Unamuno), condenadas –como todas- al olvido, porque ninguna trascenderá socialmente, pero que muestran su anhelo de ser significativas, de trascender, deseo ese tan humano. Para mí es la serie existencialista por excelencia en la TV; no he visto otra cuyo tema sea ni más ni menos que la vida en su contingencia brutal: personas haciendo como pueden sus vidas, buscando sentidos muy diferencias entre sí, alguna abierta a la trascendencia, el acontecimiento de la muerte ajena (la muerte del padre, de la esposa etc), la angustia por la muerte propia, el amor de pareja, los desencuentros amorosos, las trayectorias tan distintas que siguen las relaciones amorosas. Todos los grandes temas existenciales se encarnan en los Fisher.

Y en eso mismo radica su magia, su fascinación y el vínculo afectivo que provoca en el espectador: cómo es posible que unas vidas llamadas a ser una más, se nos meten tan adentro que al final nos duelen como si fueran nuestra propia familia; porque los Fisher son ya parte de mi familia. Justamente cuando alguien aparece en toda su fragilidad (y todos los Fisher en algún momento se muestran muy frágiles), y te transmite su sufrimiento y miedo, entonces conectas con ella, te haces solidaria de sus padecimientos porque identificas tu propia fragilidad y dolor con el de ella.

SFU, a pesar de ser una serie existencial o vitalista, da igual, no busca enseñar o adoctrinar nada, no tiene un afán pedagógico, sino más bien yo lo llamaría fenomenológico: quiere sacar a la luz, mostrar el ser de las personas, su modo de vivir, y nada más. Por eso el final no implica ninguna moraleja o enseñanza más o menos moral, sino que el final es solo eso, el final de esas mismas vidas que hemos estado viendo durante cinco temporadas. Y por eso el final de la serie es el mejor posible: los Fischer son irrepetibles. No cabe el renacer, el remake, las sextas temporadas, no hay nada que los traiga de nuevo a la vida. La serie es un círculo cerrado sobre sí misma. Perfecto, aunque duela, pero hay que ir contra el sentimentalismo de nuestro tiempo que gusta de las re-vueltas de lo antiguo. Aquel dolor es otro afecto necesario que debe sentir el espectador a lo largo de su visionado de la serie, porque ese afecto pertenece a la vida, y la serie trata de la vida misma; pero la serie está repleta de afectos: la risa, el amor materno o de los hijos hacia la madre, el amor de pareja, la excitación sexual, el enojo, la incomprensión, el llanto por la muerte o la soledad, el enfado, etc. Todos los afectos están presentes, como pasa con cualquier vida.

Otra virtud de la serie es la de no caer en el tratamiento simplista religioso (judío, cristiano, etc) de la vida. Y lo digo no porque tenga nada contra de las religiones, pero hay que reconocer que en bastantes series la interpretación religiosa-monoteista de la vida, la muerte, la salvación, el bien y el mal siempre se meten. Y en un mundo pagano como el nuestro, donde el espacio público es plural, laico, mundano, lo justo es tratar las vidas desde ese horizonte concreto que es el compartido por nosotros mismos. Lo cual no quita que aparezcan ciertos temas religiosos, por supuesto, pero lo hacen como opciones-respuesta ante preguntas que la propia existencia se hace para clarificarse a sí misma, y no como el único camino de respuesta. Aspecto este que eleva mucho la calidad de la serie.

En definitiva, no hay otra serie igual a SFU.

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