Arturo Pérez-Reverte – La Reina del Sur

            Es el segundo libro que leo de Pérez-Reverte (PR). El anterior fue el de Territorio comanche, del cual me llevé un buen sabor de boca porque conjuga una historia de acción bélica entretenida y bien contada, con momentos de reflexión, que profundizan interpretando lo que están viviendo el protagonista. Una combinación de acción y observación, praxis y teoría aunadas. El mismo efecto me he llevado de este nuevo libro sobre el mundo del narcotráfico, en lo que creo que puede ser ya un rasgo del estilo narrativo de PR.

            Ante todo, La reina del sur es una novela que entra con claridad dentro de las llamadas novelas de aventuras: trepidante, muy entretenida, acción y más acción, narrada también al modo clásico (narrador omnisciente, tiempo pasado). La novela es lo que es, y se mueve perfectamente en el canon propio de ese género como pez en el agua. Desde luego PR es un escritor muy dotado para contar historias que enganchan con rapidez, con un estilo muy fluido, rápido, hábil en el modo de desarrollar las historias. Sin duda las semejanzas con Joseph Conrad o Jack London son palpables. Estamos ante un gran escritor, que perfectamente puede estar a la altura de nuestros Pío Baroja o Pérez Galdós, otras dos grandes plumas y creadores de historias con ese mismo poder de enganche del lector.

            En La reina del sur tenemos a la protagonista Teresa Mendoza, que por cosas del destino se ve dentro del mundo del narcotráfico mexicano, verdadero mundo desde el que se pueden mostrar algunos rasgos importantes de nuestra actualidad. Pocos oficios pueden hoy proporcionar tanta aventura, riesgo, muerte, etc., como el de narco. Y desde luego, que la novela aborda ese oficio desde muchos ángulos: el de la persona que está al margen del negocio, el que es objetivo de los sicarios del narco, el que trasiega llevando droga en lanchas, el que hace los negocios en las altas esferas, codeándose con los personajes de la alta sociedad, en fin, un collage de perspectivas que muestran todo lo que es y rodeo al “oficio” de la droga. Como decíamos, si un tipo de vida proporciona emociones fuertes hoy en día, ese es el de aquella persona que entra dentro de ese mundo. Y PR con buen olfato encuentra ahí un fértil suelo para contar una historia que merece la pena ser contada. En un mundo que adolece cada vez más de verdaderas historias, de historias únicas, trepidantes, llenas de singularidad y riesgo. Nada de enfangarse en una cotidianidad hueca, que se mueve en el elemento de la mismidad vacía y la repetición, y por ende de la más absoluta irrelevancia, aburrida. PR siempre parece asegurarnos lo contrario y ahí donde pone el ojo, suele atinarle, nunca desilusiona o no nos hace sentirnos estafados; siempre hay alta calidad en lo que escribe, honestidad, realidad, autenticidad. Esa es mi experiencia hasta este momento.

            Y los espacios de reflexión le hacen un escritor observador, atento al concepto que brota en el marco de una historia, de una acción. Los momentos en los que Teresa reflexiona sobre la fragilidad de la vida del narcotraficante, la imposibilidad de tejer vínculos o afectos, la dificultad de una vida llena de dinero y condenado a disfrutarlo en soledad, porque uno muestra su debilidad cuando ama y tiene miedo por alguien que no es él mismo (una esposa o unos hijos: “un hijo te hace vulnerable” p. 520). Una vida que no es vida, porque no permite los vínculos afectivos (“Me estoy quedando sola, Oleg. – Qué extraño oírte decir eso. Creía que siempre estuviste sola” p. 523). Esos momentos reflexivos, que destilan estados de ánimo poco agradables (amargura, tristeza, etc.), en el marco de paisajes marinos que son eco mismo de esa soledad (amaneceres grises, noches estrelladas, etc.), o sencillamente la ignoran, es una constante en la novela: “El mar, en su terrible simpleza, desconocía el sentido de palabras como piedad, heridas o remordimientos” (p. 512).

            En especial me conmovió la añoranza de la tierra natal de Teresa, ese México sinaloense, porque a mi me pasa lo mismo con la tierra guerrerense. Ese constante recuerdo de México, del desarraigo, del no encaje en un mundo que no es el tuyo, que hace de Teresa una mujer profundamente melancólica, siempre con su botella de tequila (yo extraño más el mezcal) y las canciones norteñas…. El mexicano es un ser profundamente añorante y arraigado en el pasado, por eso occidental que viaja al México real (no al turístico), siente rápidamente que ha retrocedido en el tiempo como 30 ó 40 años (por ejemplo, todavía hoy escuchas diariamente en la radio  canciones de Camilo Sesto o Rocío Dúrcal, completamente olvidados ambos en España). Es la esencia del perseverar en un ser-siempre-en-el-pasado. También Teresa padece eso en su constante mirar esa foto rota por la mitad que le muestra justo lo que ella era y ha dejado de ser, y extraña. Ese desdoblamiento entre el es presente y el fue pasado, donde siempre gana este último.

            Sobre el estilo narrativo de PR ya he comentado, pero quiero destacar un recurso que se haya presente a lo largo de toda la novela. Asistimos a la historia de Teresa desde dos perspectivas, por un lado, viviéndola con ella, en primera persona, y, por otro lado, teniendo noticia de ella misma pero a través del periodista que está investigando para hacer justamente esa misma historia que luego viviremos. Así, tenemos dos tiempos: el tiempo presente del periodista, en el que entrevista a personas que tuvieron contacto con Teresa, y el tiempo pasado donde se ubica la vida de la propia Teresa, donde esos mismos personajes entrevistados están viviendo lo que después contarán al periodista. A mí este recurso me parece muy cinematográfico, o por lo menos lo he visto aplicado sobre todo al cine: una historia narrada a partir de los testimonios de las personas que vivieron con la protagonista. ¿Acaso no es así Ciudadano Kane, del gran Orson Wells?            

Me agrada mucho ese recurso estilístico porque nos permite un doble acceso a la vida de una persona: a través de los testimonios de las personas que tuvieron contacto directo con ella, y luego a través de la experiencia misma vivida por la propia Teresa. Este doble acceso es un modo de poner en evidencia el perspectivismo esencial de la realidad. Especial atención al primer acceso, pues nos muestra un principio esencial de la realidad, a saber, todos acabaremos diseminados en los recuerdos que otras personas tengan de nosotros, y ya no se sabrá qué de esos testimonios fue real y qué fue inventado. Una pérdida de los límites entre la realidad y ficción, que es el origen del mito, y justo eso acaba siendo Teresa, nada más y nada menos que la Reina del Sur, un mito moderno del narcotráfico, una heroína de nuestro tiempo (quizás como lo fue también el Grigori Pechorin de Lérmontov). Así, el libro puede ser leído como la narración bien de los hechos de la vida de Teresa, o bien del mito de la Reina del Sur. 

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