Woody Allen: Otra mujer (Another woman) 1988.

Título original: Another Woman (otra mujer)

Año: 1988

Duración: 81 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Woody Allen

Guion: Woody Allen

Música: Varios

Fotografía: Sven Nykvist

Reparto:

Gena Rowlands, Gene Hackman, Mia Farrow, Ian Holm, Blythe Danner, Martha Plimpton, Josh Hamilton, Frances Conroy

Woody Allen en estado puro, con sus temas fetiche: la vida moderna, personajes en crisis, relaciones personales puestas en cuestión. El Woody inspirado, brillante en la exposición, en las situaciones que crea entre los personajes, todas ellas incitadoras para que el espectador reflexione y siempre, a modo de atmósfera general, con un fondo de melancolía. Esta historia que cuenta sí que nos impele, nos dice algo acerca de los problemas que cada uno arrastra en su propia vida. Este sí es Woody.

La historia que nos cuenta, la de Marion Post (maravillosa Gena Rowlands) es también muy reconocible en el universo de Woody: mujer de vida acomodada, burguesa, tranquila, sin sobresaltos en el plano laboral y sentimental. Una mujer con el privilegio de trabajar en “lo que ella quiere” (profesora en año sabático), uniendo así lo que parece nacido para permanecer desunido, a saber, la eterna dicotomía entre hacer lo que uno quiere (vocación) y hacer lo que uno debe (trabajar). Podríamos decir que estamos ante una vida realizada, feliz, plena, propicia para demorarse con fruición en los pequeños placeres que nos ofrece cada día. En definitiva, Marion es una persona que vive en un mundo acomodado y lleno de fragancias elegantes. ¿Quién no quisiera algo así?¿Acaso no es aquello por lo que lucha todo ser humano, y cuya promesa consume cada día la fuerza contenida en su cuerpo?

Pero hasta una vida como la de Marion tiene su punto débil, aunque no lo aparente tener. En el cine de Woody la edad a veces es un detonante. Marion tiene cincuenta años, está en esa etapa de la vida que es un tránsito de lo joven (pleno y saludable) a lo maduro (decadente), el inicio de aquello que comienza a descender y se introduce en el otoño de la vida. La pregunta que hace añicos todo ese mundo tan racionalmente construido y aparentemente placentero es: ¿estamos hablando también de una vida satisfecha?¿Marion tiene una vida satisfactoria y por tanto feliz? La película reflexiona sobre la felicidad: qué es, cómo conseguirla y cuidarla, y también cómo se puede perder. Pues bien, somos testigos de como la vida de Marion comienza a quebrarse, a perder suelo-sustento y precipitarse por un abismo a raíz de la escucha azarosa de la confesión de la vida íntima de una paciencia en la consulta de un psicoanalista. La idea merece la pena remarcarla: a menudo la causa de lo que golpea nuestra vida y la hace tambalearse (perder el sentido) no se haya en uno mismo (autoanálisis, reflexión sobre nosotros mismos, etc) sino justo fuera de uno, en otra persona: escuchar su intimidad, es decir, aquello que permanece oculto, velado, a lo largo de nuestra vida cotidiana; aquello que cada uno guarda, sus dolores, sus padecimientos, sus insatisfacciones. Las personas se quiebran ontológicamente ahí donde se abre un espacio que permite el quiebre. La consulta del psicoanalista se convierte muchas veces en ese lugar (los diarios íntimos también suelen cumplir esa función). La escucha clandestina de la insatisfacción de otra mujer, provoca en Marion un terremoto que pone en cuestión los cimientos de su vida: deja de escribir su libro, comienza a hacerse preguntas acerca de si su matrimonio le satisface, y también sobre sus relaciones familiares (su hermano) y sus verdaderas amistades. De repente, lo que antes le parecía claro y correcto, ahora se des-vela como incierto.

La película se convierte entonces en una revisión del pasado de Marion, de ese pasado que hasta entonces ha permanecido claro e incuestionado, pero que de repente arroja dudas sobre las decisiones que hemos tomado y que han definido nuestro proyecto de vida hasta este momento. Esta relación con el pasado es una constante en las películas de Allen y una de las ideas medulares de su pensamiento. Cada uno construye una interpretación de su pasado que hace entendible su presente, buscando una coherencia que le permita justo vivir. Lo mismo le pasa a Marion hasta que esa misma construcción comienza a perder fuerza, sentido, unidad. Esa experiencia de la caída es lo que tematiza. En la película tres son los ámbitos en los que Marion hace esa revisión: en su vida amorosa, en su vida familiar y en su vida amistosa.

En primer lugar, su vida amorosa, cuestionando si quizás se equivocó al no irse con la persona a la que amaba (Gene Hackman), casándose con un médico muy agradable que le proporciona comodidad pero con el que no comparte ninguna afición, y al que finalmente descubre que es un irrefrenable Don Juan. Efecto: ¿hizo bien casándose con el que le proporcionaba una vida relajada y cómoda o debió arriesgar e irse con el que le amaba y al que amaba realmente, aunque pusiera en riesgo su proyecto de vida?¿O quizás ella sea la culpable al casarse con alguien a la que es obvio que no ama? Lo que queda claro es que su matrimonio era insatisfactorio, incluso una farsa, porque no aguantan ni estar solos los dos, siempre buscando amistades con las que tapar esa verdad.  

Pero la indagación de la vida amorosa de Marion navega más hondo todavía, en su primer matrimonio, cuando se casó con un profesor suyo al que admiraba, y mucho mayor que ella. Aquí brota algo realmente doloroso: las ansias de paternidad de él, y la negativa de ella a cumplir su deseo porque está muy centrada en lograr su objetivo de vida (obtener un grado académico que le permita ser profesora y ganarse la vida como profesora, y con ello el logro de una vida confortable y satisfactoria, según ella). Ella antepone su deseo al del hombre, abortando. Ese acto es el motivo, por un lado, del final de su matrimonio y con ello de que su marido termine alcoholizado y dejándose morir (pérdida de sentido), y por otro lado, del logro de los objetivos que Marion se había fijado, alcanzando la vida que ella tiene ahora (logro de sentido). ¿Pero acasos ella no fue, de algún modo, responsable de la desgracia de su primer matrimonio?¿No provocó acaso indirectamente la muerte de su exmarido? De nuevo preguntas sin respuesta, pero que muestran lo frágil que puede llegar a ser una vida humana cuando se deja herir y se atreve a ex-ponerse a revisión en profundo.

En segundo lugar, su vida familiar en la que su hermano no pudo aguantar la losa que suponía tener a una hermana talentosa, consentida por su padre, y que recibía todo el apoyo familiar, mientras él tenía que renunciar a sus aspiraciones (su proyecto de vida). Renunciar para que ella no renuncie. Que uno fracase para que otro triunfe. Su padre les obligo a entenderse así, de manera excluyente. En una conversación con su padre, éste mismo confiesa que se equivocó cegándose en el talento de su hija, y nulificando a su hijo. De nuevo, en el fondo de los asuntos nunca hay claridad, sino duda, error y algo injusto.

En tercer lugar, su relación con su mejor amiga, que si bien en un primer momento nos la presenta como una relación de amistad idílica, la realidad es que cuando se reencuentra con ella  por casualidad, la amiga no la soporta. La causa de ello es reveladora: no soporta su aureola de perfección, de que siempre pasaba por ser la que más sabía, la más guapa, la que siempre atraía a los muchachos, etc, y con ello nulificándola. “Tú deberías ser la actriz” le dice sin ambigüedades. ¿Entonces, realmente tuvo alguna vez una verdadera amiga?¿Acaso no usaba a sus “amigas” para avanzar en sus metas?¿Realmente tiene a alguien a la que pueda llamar amiga o más bien está simple y llanamente sola?

Como hemos dicho las buenas películas de Woody Allen siempre buscan indagar en el pasado de sus personajes: ahí se encuentra la clave de la vida de una persona, el anclaje del sentido que la orienta. Siempre es un habérselas con el pasado. En el caso de Marion, a modo de conclusión y tras su viaje revisionista por su pasado, confiesa que “quizás haya alienado a todos a mi alrededor”. Dura verdad, trágica, auténtica. Esto es lo que siempre encuentra uno siempre en Woody Allen: preguntas que nos duelen, solidaridad con unos personajes expuestos a un oleaje de dudas y de arrepentimientos, repensar el pasado vital.

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